Era un día como todos los otros. Me levanté demasiado temprano, fui a la escuela, y pasé muchas horas en clase. Muy cansado, regresé a casa, y después de descansar un poco, pensaba en ir de compras. Salí de casa, y entré en el pasillo de nuestro edificio.
Caminé hacia el otro lado del vestíbulo y apreté el botón para bajar a la calle. La luz del botón se encendió, y treinta segundos después, llegó el ascensor. Entré, apreté otro botón para la planta baja, y el ascensor empezó a bajar. De repente, se cayó un poco el ascensor, oí el timbre, y abrieron las puertas. Pero no estaba en la planta baja como esperaba; estaba entre dos pisos. Podía ver el suelo de un piso, pero debajo solo había pared. Me puse muy nervioso. Apreté el botón unas veces, pero el ascensor ni subió ni bajó tampoco.
“¿Qué debo hacer?” pensé. Empecé a golpear la puerta arriba del piso, con la esperanza de que alguien me oyese y me ayudase. Pasé cinco minutos golpeándola, pero nadie me oyó, o por lo menos, nadie vino. Con mucha vergüenza, saqué el del bolsillo y llamé a mis padres.
“¿Estás seguro de que no puedas salir?” pregunto mi madre. Me sentí más vergüenza. “Bueno, te vamos a buscar,” dijo ella.
Me buscaron por unos minutos, y por fin me encontraron. Estaba entre el primer piso y la planta baja. Probamos todos los trucos del ascensor, pero todavía no podía salir. “Pablo, tienes que esperar,” me dijeron. “Vamos a llamar a la empresa del ascensor. Ten paciencia.”
“Que mala suerte,” quejé. “Por lo menos podría quedarme aquí con algo para comer, con el iPod, o con una chica guapa.” Pero estaba allí solo. El ascensor era como una cárcel horrible e imposible de huir. Como solo una poquita de luz entraba en la ventana, me deprimió mas, porque fue como una broma cruel de dios, dejarme esperando a una libertad que no podía tener. Me parecía que cada minuto las paredes del cuarto me estaban acercando, poco a poco. Empecé a sentir la claustrofobia, y tenia que escapar. Me volvería loco. No podía hacerlo más.
Intentaba hacer cosas para pasar el tiempo y no pensare en el presente. Canté “Noventa y nueve botellas de cerveza” una vez. Dos veces. No vino nadie para abrir la puerta y arreglar el ascensor. De repente, empecé a oler algo increíble. Olía a bizcochos moldeados en forma de taza, los cuales comía por los cumpleaños de mi niñez. En este momento, me sentía tanta hambre como si hubiese un hueco inmenso en el estomago. “Ahora entiendo como se sienten los perros – siempre oliendo lo bueno pero sin la oportunidad de comerla,” contemplé. Pasé muchos minutos así con esta tortura, como yo fuese perro. Me senté y bajé la cabeza, intentando dormir o meditar. Precisamente al punto de dormir, oí una voz.
“¿Estas bien?” Oí la voz. Un hombre simpático me hablaba desde el piso arriba. “No te preocupes hombre. Vamos a sacarte de allí ahora mismo.”
La puerta se abrió, y veía muchísima luz. Los ojos acostumbraron a la nueva brillantez, y vi una escena maravillosa. La puerta estaba abierta y por fin estaba libre de mi celda de castigo. El hombre me extendió una mano, y con su ayuda, empecé a trepar. Subió un pie. Subió el otro. Estaba afuera, y después de dos horas, ¡estaba libre!