
No había mucha luz, y mis gafas estaban completamente nebúladas. Olía como si estuviera lleno de cloro, y tenia el mismo sabor en la boca. Era imposible oír al entrenador, porque las paredes de la piscina comían todas sus palabras. El agua estaba tan caliente, o por lo menos demasiado caliente para nadar tanto. Me dolían mucho los hombros, y estaba tan fatigado como si acabara de correr en maratón. Por fin, llegué a la pared, y me la agarré para toda mi vida.
Fue como un gran alivio, pero esta calma que me sentía no duraría. De repente, oí esas tres palabras horribles: “¡Cuarenta anchas mas!” Empecé a sentirme mareado. Vi la cara del entrenador y no había duda de que íbamos a hacer cuarenta más. Me dio una vuelta con la cabeza y con las caras de angustia que vi, seguramente mis compañeros tenían el mismo pensamiento.
Empezamos a nadar otra vez. Yo, como el cuartero de la línea, vi los otros que habían empezado. Otra vez los sonidos de manos y brazos, que choqueaban contra el agua, resonaban en la piscina, que empezó a comer las palabras otra vez. Empecé mi primera ancha, y de repente tenía ganas de vomitarme. El sabor de tortilla de patata rancia mezclaba con la acidez de estomago que me quemaba la garganta. Repetía “el dolor es la debilidad cuando sale del cuerpo” y “los ganadores hacen lo que los perdedores no quieren hacer” una y otra vez. Las frases me dieron una esfuerza ardiente, y ignoré el dolor punzante que me sentí en todo el cuerpo. “Quedan veinte cinco…veinte…quince…diez” yo pensé. Por fin llegué a la pared; habíamos terminado. Saliendo millones de endorfinas, una ola de placer y tranquilidad radió por mi cuerpo.
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